Siempre releo lo que escribo, y en el post anterior dije que los tres protagonistas de El verano que me enamoré, juntos, no hacen una persona emocionalmente sana.
Y lo dije yo. YO. La cara de cemento armado. Hasta antes de ayer era una terrorista sentimental, conmigo misma y con los demás.
Si me hubierais conocido entre los 17 y los 33… you would have run — like, run for your sanity. Por suerte, ya no soy eso. Pero no me relajo. Hay monstruos (he googleado cómo se escribe “monstruos”) que cuando menos lo esperas, vuelven a atacar.
Y hablando de cambios, os paso la lista de cosas que antes hacía por inercia y que ahora intento evitar.
USO y RECOMIENDO:
→ No discutir ni querer tener razón.
Durante mucho tiempo me enganchaba en todas las discusiones, hasta acabar llorando y haciendo un papelón. No merece la pena. Ahora intento entender que hay grises, que hay que elegir bien las batallas y no gastar pólvora en chimango — al final, ninguna cantidad de evidencia convencerá a un idiota.
→ No decir siempre lo que piensas.
A veces está bien dar tu opinión, yo a mi novio se la doy todos los días, ya ni parpadea. Pero como rule of thumb, conviene aplicar la humildad intelectual: mejor callar, escuchar y aprender que opinar de lo que no se sabe. Chicos, hay temas complicadísimos y, dato no menor, el 94% de la gente no tiene idea de lo que habla. Yo estoy dentro de ese 94%.
→ No forzar NADA.
Como dice — me pongo de pie — Julieta Banana: “si no entra como tornillo, no hay que hacer que entre como clavo”. Visual y aplica para todo: trabajos, relaciones, amistades, países, planes. SIEMPRE sabemos cuándo algo sí y cuándo algo no. Cuándo fluye y cuándo forzamos situaciones abocadas al fracaso. Es un poder casi mágico. Ignorarlo es un error.
También me agobio muchísimo, todo se me hace un mundo, soy socially awkward y vivo presa de mil batallas menores. Pero eso en otro post.
P.
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